Cupido en el infierno

Cupido en el infierno, relato erótico
Nada podía salir peor, aquella sería nuestra última noche. “Pensé en enlatar tus besos y aquellas caricias, para conservar el recuerdo de lo que en un tiempo fue mi único alimento”

           Todo comenzó con aquella visita al terapeuta. Era la primera vez que contaría a alguien toda mi verdad y el hecho de decirlo en voz alta me hacía estar nerviosa, y no poder controlar un extraño temblor que persistía en mi pierna derecha.

           Compartía la sala de espera con un señor bastante mayor que yo. “Curioso”, pensé. Siempre había imaginado que la edad trae seguridad y uno tiene las cosas claras. “¿Para qué necesitar a un psiquiatra?”. Al mirar a aquel caballero me di cuenta de que él también me observaba y nos lanzamos una sonrisa. De pronto, se abrió la puerta y una joven me hizo pasar a la consulta.

           Me presenté, sonreí como signo de tranquilidad. No sé a quién pretendía engañar, menuda paciente querer engañar en mi primera terapia, “ilusa”. Poco después una pregunta hizo que me derrumbara. Aquel señor con bata de un blanco impoluto sacó un pañuelo de papel, alargó su mano ofreciéndomelo y, pidiendo que me tranquilizara, me animó a seguir con mi historia. Sus gestos no me ayudaban, apenas sabía yo distinguir si en su cara había algún tipo de expresión, parecía un mimo, le faltaba una gorrita delante y unas monedas.                   

             Me presenté, sonreí como signo de tranquilidad. No sé a quién pretendía engañar, menuda paciente querer engañar en mi primera terapia, “ilusa”. Poco después una pregunta hizo que me derrumbara. Aquel señor con bata de un blanco impoluto sacó un pañuelo de papel, alargó su mano ofreciéndomelo y, pidiendo que me tranquilizara, me animó a seguir con mi historia. Sus gestos no me ayudaban, apenas sabía yo distinguir si en su cara había algún tipo de expresión, parecía un mimo, le faltaba una gorrita delante y unas monedas.

           Al pensar en aquello se forzó una sonrisa en mi cara y al preguntarme por qué sonreía, le contesté con una mentirijilla. No sabía si era esa una buena forma de actuar, pero no quería parecer idiota. Tras una hora, más o menos, de charla cerramos otra cita para una semana más tarde. Acababa de soltar noventa euros por pegarme un berrinche, aquel fue el llanto más caro de mi vida. “La próxima vez tengo que llorar menos”, pensé.

           La siguiente vez lloré más todavía, tanto que directamente dejó la caja de pañuelos sobre la mesa. Esa vez cogí incluso alguno para el camino, total estaban pagados de sobra, calculé que a unos doce euros el pañuelo.

           Unas semanas más tarde volví a coincidir con el señor del primer día, era argentino, muy agradable, a lo mejor su gente no pensaba lo mismo, pero a mí me cayó bien.

           Entablamos una pequeña conversación, lo típico, los nombres, el tiempo y lo bien que nos venía que cada equis tiempo nos soplaran noventa euros. Las semanas pasaban rápidas y yo, cuanto menos quería llorar para alargar las citas, más lloraba.

           Aquel médico sin expresión, poco a poco, me hizo sentir que las lágrimas son como un jabón para el alma. En mi caso, también descubrí que solo lloro por un ojo, pero nunca quise decirle nada, no fuese que aquella tontería me costase unos cuarenta euros y allí estaba para cosas más importantes que la de si lloraba por un solo ojo, o la de si la silla tenía un piquito que me enganchaba las medias y, como me había roto ya tres pares desde entonces, había decidido ir con pantalones.

cupido en el infierno relato erótico el juego de los suspiros
Cupido en el infierno relato erótico el juego de los suspiros

            Mi amigo el argentino y yo cada vez teníamos conversaciones más trascendentales, incluso decidimos un día, tras la interrupción de una de ellas, quedar a la salida del terapeuta para tomar un café, creo que los dos estábamos algo solos.

           Yo acudí con los ojos como los de un sapo y él, qué os puedo decir, solo vi dientes. Nunca le había visto sonreír y me sorprendió gratamente, pero aquella colección de marfil era lo más parecido a un escaparate de bastones.

           No pude apenas levantar la mirada del plato, la conversación tuvo un momento amargo para él y aquello empeoró; entre sorber sopa y sorber mocos, aquello parecía un concierto de horchatas.

            A la salida le esperaba Claudia, su hija, poco más joven que yo.

           Me la presentó y, tras un breve saludo, se alejaron, como se alejan las penas, despacio.

           Cambié la hora del psiquiatra por motivos laborales, entonces conocí a Eva. Ella llevaba yendo más tiempo que yo. Se había separado y tenía, según contaba, muchos problemas con su exmarido. Cuando me hablaba, no podía evitar mirarle los dientes, los tenía preciosos, en general ella era preciosa. Pocas semanas después decidimos salir a cenar y al teatro. Desde que se había separado era la primera vez que lo hacía y nos lo pasamos bien. Eva tenía un hijo de ocho años y no paraba de contar lo que el pequeño hacía o dejaba de hacer, yo, por mi parte, solo tenía un gato, con lo cual mis experiencias con niños eran nulas. Hicimos del quedar los fines de semana una costumbre. Conocí a Jorge, su pequeño. Los ojos y la boca eran de su madre, el mismo azul intenso, y aquellos labios amapola que parecían estar dibujados.

           No se despegaba de ella, incluso dormía en la cama donde antes había un matrimonio.

           Nuestras visitas al terapeuta se fueron distanciando, pero cada vez compartíamos más cosas juntas, nos habíamos hecho grandes amigas.

           Éramos psiquiatra la una de la otra, descubrimos que nos salía más barato y casi nos daba el mismo resultado.

           Una noche, Eva me llamó llorando, Jorge pasaba el fin de semana con su padre y ella se sentía demasiado sola. Fui hasta su casa, cenamos algo y nos pusimos a charlar. Su vida no había sido fácil, unos padres egoístas y un marido celoso.

           Yo no había tenido padres y solo tenía un gato, me sentí afortunada.

           La abracé y sin darnos cuenta, las caricias dieron paso a un beso, un beso húmedo, húmedo y largo.

           Nos miramos y sin decir nada, nos cogimos de la mano y fuimos al salón, me volvían a temblar las piernas como aquel primer día en la consulta. Nuestras miradas hablaban por nosotras, las manos caminaban suaves por cada rincón de aquellos cuerpos dolidos de soledad. Me retiró el pelo de la cara y mirándome a los ojos me dijo:

           – ¿Estás segura?

           – Nunca he estado más segura de algo en mi vida.

           Era una mentira, como aquellas que le decía al psiquiatra cuando no sabía qué decir. Pero si de algo estaba segura era que, aquella mirada y aquel beso me hicieron sentir cosas que jamás había sentido y no podía dejar pasar la oportunidad de seguir sintiendo.

           Dejé de llorar en las terapias. A mi cupido le habían salido alas y se había marchado del infierno, me sentía libre, por fin mi gato y yo teníamos compañía. A Jorge no le gustábamos, ni mi gato, ni yo. Su padre decidió quitarle la custodia a Eva y esta, por alguna extraña razón que nunca entendí, volvió con él.

            Nuestra última noche solo sirvió para gastar pañuelos, de esos en lo que en ciertos sitios salen a doce euros.

Enlaté sus besos y sus caricias, los almacené en la despensa de los recuerdos y ahora vuelvo cada semana al terapeuta.

            Me he reencontrado de nuevo con mi amigo, el argentino y le he regalado mi gato, su hija es alérgica a ellos.

           Gracias a Claudia, mi cupido vuelve a tener alas y ya no vive en el infierno.

Cupido en el infierno – Relato erótico

Esther Lara Morata, 21 de Abril del 2008

Derechos de autor registrados @EstherLaraMorata

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